La muerte anunciada de Ulysses


Photo: ESA

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Cuando el 4 de octubre de 1957 los soviéticos escucharon por primera vez el “bip-bip” del Sputnik I y pudieron confirmar la correcta puesta en órbita del primer satélite artificial, nadie imaginaba que dicho acontecimiento modificaría las dinámicas de una Guerra Fría que, desde ese momento, se “jugaba” no sólo con estrategias geo-políticas, sino también con tecnológicas. La respuesta estadounidense, en efecto, no se hizo esperar y, en menos de 4 meses, fue lanzado con éxito el primer vehículo estadounidense capaz de surcar el espacio: el Explorer I.

El cargo fue confiado a James A. Van Allen que tuvo la gran intuición de montar a bordo del satélite un contador de Geiger capaz de medir los niveles de radiactividad en la atmósfera. El resultado fue el descubrimiento de dos regiones separadas y localizadas entre algunos cientos y miles de kilómetros de tierra y que envuelven totalmente nuestro planeta.

Ambas están formadas por rayos cósmicos (principalmente protones de alta energía) procedentes del espacio y de iones de hidrógeno y helio transportados por el viento solar. Capturadas por nuestro planeta, estas partículas se canalizan a lo largo de las líneas de su campo magnético, quedando atrapadas sobre nuestras cabezas. Llamadas en honor al autor del descubrimiento, los cinturones de radiación de Van Allen pueden poner en serio peligro los equipos electrónicos a bordo de los satélites así como la supervivencia de seres humanos en viaje al espacio, provocando tumores, alteraciones genéticas, daños al sistema nervioso central y otras enfermedades.

Hoy más que nunca el estudio de los peligros presentes en el espacio sigue siendo motivo de gran interés en el sector aeroespacial, sobre todo en vista de una futura misión a Marte. Desde 1990, ESA y NASA llevan adelante la misión Ulysses a fin de supervisar la actividad del viento solar, pero también de comprender su efecto sobre los exploradores del espacio y la miríada de satélites que orbitan nuestro planeta. Su mayor éxito ha sido revelar que la influencia del campo magnético solar sobre todo el sistema planetario es mucho más complejo de lo que se esperaba. Pero también que las partículas expulsadas del ecuador solar pueden subir hasta las altas latitudes y encontrarse de repente en el espacio interplanetario, empujados por las tormentas solares.

Antes del lanzamiento de Ulysses, de hecho, nadie consideraba el Sol como una fuente de partículas dañinas para los astronautas que, en el espacio, no gozan de la protección ejercida por la atmósfera terrestre sobre los seres humanos. Sin embargo, dicha misión parece haber llegado a su fin ya que las dos agencias espaciales han decidido – de común acuerdo – acabar con la experiencia de un satélite que ha resultado ser entre los más longevos y productivos de la historia.

Aunque seguirá orbitando alrededor del Sol, el satélite pronto se convertirá el enésimo despojo de la era espacial. La última comunicación por radio con la Tierra ocurrirá durante la tarde del día de mañana (30 de junio), momento en que Ulysses será abandonado a merced de las tormentas solares, precisamente como el náufrago – y homólogo – protagonista de la Odisea.

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2 respuestas a La muerte anunciada de Ulysses

  1. Marc dice:

    Ei carlo, aquest m’ha agradat. Fins hi tot un telecos com jo l’ha entès 🙂

  2. Carlo dice:

    Hola Marc, me alegro de que te haya gustado. Un saludo

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