
Photo: Andreassen
Cualquiera que a principios de otoño o de primavera decida pasar unos días en Alaska, en Noruega o incluso en la Antártida y levante sus ojos al cielo en una noche serena podrá observar uno de los espectáculos más bellos de la naturaleza: una aurora polar. Estos fenómenos se manifiestan como erupciones de haces de luz y color intensos que ondulan en el cielo de ambos polos terrestres. Se habla, por lo tanto, de aurora boreal o australdependiendo del hemisferio en el que se observan. El término «aurora borealis» fue acuñado en 1619 por Galileo Galilei que se inspiró en la diosa romana del Alba. Efectivamente, según la etimología latina el término «aurora» significa precisamente la primera luz, el resplandor que aparece a Oriente antes del nacimiento del Sol. No obstante, Galileo interpretò el fenómeno de forma equivocada, pues creía que era luz solar reflejada por la atmósfera.
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